Muchas veces estamos tan culpables como los fariseos por pensar que si no hemos hecho un pecado fisicamente, estamos bien con Dios; sin embargo, Jesús nos enseña que el pecado nace del corazón y, por ende, todos somos culpables del pecado. Usando una enseñanza de adulterio, Jesús nos muestra en Mateo 5:27-30 que, más que guardar nuestras acciones, tenemos que ser vigilantes contra la impureza que puede afectar el nuevo corazón que costó a Cristo su vida obtener para nosotros.